5 historias absolutamente salvajes sobre Patrizia Reggiani, la heredera criminal del imperio Gucci

5 historias absolutamente salvajes sobre Patrizia Reggiani, la heredera criminal del imperio Gucci

La inigualable Lady Gaga, primera estrella de portada por partida doble de la historia de Vogue, ya que brillará a la vez en el número de diciembre de las ediciones británica e italiana, encarnará a Patrizia Reggiani en La casa Gucci, la película dirigida por Ridley Scott que protagoniza junto a Adam Driver, en el papel de su marido y heredero de Gucci, Maurizio Gucci. El estiloso thriller contará la vida de la pareja desde su boda, pasando por el tren de vida ultraglamuroso que les hizo famosos, hasta su separación (Gucci dejó a Reggiani por una amante más joven). ¿La respuesta de Reggiani? Encargar a un sicario el asesinato de su ex en 1995.

En vísperas del estreno de la película, el 26 de noviembre, y a la espera de la sincera entrevista que concedió Gaga a nuestros compañeros donde cuenta cómo fue ponerse en la piel de Patrizia, repasamos las anécdotas más escandalosas en la historia de la asesina exconvicta.

  1. La fastuosidad de los Gucci, excesiva hasta para los desenfrenados cánones de los años 70, ocupaba los titulares. Tras contraer matrimonio en 1972, la pareja se escapaba cada poco a su chalet en St. Moritz, o bien a su ático de 9.000 metros cuadrados en la Quinta Avenida de Nueva York –nada menos que en la Olympic Tower de Manhattan– o a su yate con cubierta de madera de 64 metros de eslora, el Creole. Eso sin mencionar su villa en Acapulco (México), su granja en la zona rural de Connecticut o sus diversas islas privadas repartidas por todo el mundo. En las matrículas de sus innumerables coches se leía “Mauizia” –el nombre que se daba a la pareja– y se dice que Patrizia se gastaba unos 10.000 euros al mes solo en orquídeas. No olvidemos las fiestas temáticas “de colores” que organizaban regularmente para su lujoso círculo de amigos –los Kennedy incluidos–, donde la ropa, la decoración y la comida compartían un mismo tono. Su favorito, el naranja.
  2. Tras demostrarse su implicación en el asesinato de Maurizio, Patrizia fue condenada a 26 años de prisión. “Dormía mucho”, contó Patrizia en The Guardian. “Cuidaba mis plantas. Cuidaba de Bambi, mi hurón”. Según Reggiani, su abogado negoció que, como privilegio especial, tuviese derecho a tener a Bambi en su celda. Sin embargo, no fue lo mejor para la mascota, ya que murió después de que una compañera de celda se sentase encima.  Afortunadamente (o no), pronto encontró otra mascota. Al poco de salir de la cárcel, en 2016, la vieron dirigirse a la lujosa Via Monte Napoleone de Milán, ataviada con gafas de sol oscuras, un montón de joyas de oro y un guacamayo posado en su hombro. Raro es el fin de semana que no se deja caer por los barrios más exclusivos de la ciudad con su loro a cuestas.
  3. Tras abandonar San Vittore, Reggiani volvió a ser un personaje fijo de la prensa rosa. En una ocasión, un equipo de televisión consiguió tenderle una emboscada a la salida de Bozart, la boutique de joyas en la que se dignaba a trabajar como asesora: “Patrizia, ¿por qué contrataste a un sicario para matar a Maurizio Gucci?”, preguntó un reportero. “¿Por qué no le disparaste tú misma?”. Su respuesta fue la siguiente: “Mi vista no es muy buena, no quería fallar” (cabe señalar que, durante su etapa en Bozart, se las arregló para borrar accidentalmente todos los archivos digitales de la empresa: “Tuvimos que quitarle el acceso a internet a su ordenador”, declaró el propietario, Maurizio Manca, en The Times. “Lo que pasó es que acababan de inventar el fax cuando ella entró en la cárcel”). En un reciente documental sobre su vida, aireó más detalles sobre su decisión de contratar a alguien para asesinar a su ex: “Estaba furiosa con Maurizio. Fui preguntando a todo el mundo, incluso al tendero del barrio, ¿hay alguien que tenga el valor de asesinar a mi marido?“. Al final, su vidente la condujo hasta el endeudado propietario de una pizzería, Benedetto Ceraulo, que recibió la friolera de 300.000 euros de hoy por perpetrar el crimen.
  4. A lo largo de los años, Reggiani ha declarado varias veces en prensa que amaba y odiaba la prisión a la vez, dependiendo de su estado de ánimo, aunque se niega a utilizar consigo misma la palabra “presidiaria” y prefiere referirse a ello como su “estancia en la Residencia Vittore”. Sin embargo, fue célebre cómo rechazó su derecho a la libertad condicional porque le habría exigido conseguir un trabajo: “Nunca he trabajado en mi vida, y no tengo intención de empezar ahora”, espetó ante un tribunal italiano, lógicamente desconcertado. La frase recordaba a esa otra que solía repetir en sus años de jet set junto a Maurizio: “Es mejor llorar en un Rolls-Royce que ser feliz en una bicicleta”.
  5. Incluso después de todos estos años, Reggiani sigue considerándose, ante todo, una Gucci, y le encantaría tener un puesto creativo en la casa. De hecho, muchos de sus amigos han cuestionado el relato de los medios de comunicación –según el cual los celos amorosos habrían sido el móvil para mandar asesinar a Maurizio– y defienden que la verdadera traición por su parte habría sido su decisión de vender la marca Gucci. “Me necesitan”, dijo en La Repubblica, con la modestia que la caracteriza. “Todavía me siento una Gucci, de hecho, la más Gucci de todos”. Para ser justos, lo cierto es que insistió en llevar looks de Gucci de la cabeza a los pies durante el juicio por asesinato. Alessandro Michele, la pelota está en tu tejado.

Este artículo se publicó originalmente en Vogue.co.uk

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